Conectarse

Recuperar mi contraseña

Últimos temas
» Academia Winter (Capítulo 17)
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Dom Jun 30, 2019 9:04 pm por Kanon Oda

» Un futuro en el que yo no estoy (I)
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Sáb Jun 29, 2019 9:35 pm por Runalan

» Academia Winter (Capítulo 16)
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Miér Jun 26, 2019 8:49 pm por Kanon Oda

» Reinos en Guerra -Capitulo 12-
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Lun Jun 24, 2019 10:26 pm por Runalan

» Academia Winter (Capítulo 15)
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Dom Jun 23, 2019 7:54 pm por Kanon Oda

» Reinos en Guerra -capitulo 11-
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Jue Jun 20, 2019 7:44 pm por Runalan

» Academia Winter (Capítulo 14)
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Jue Jun 20, 2019 7:06 pm por Kanon Oda

» Academia Winter (Capítulo 13)
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Lun Jun 17, 2019 9:05 pm por Kanon Oda

» Academia Winter (Capítulo 12)
Un futuro en el que yo no estoy (I) Icon_minitime1Sáb Jun 15, 2019 6:26 pm por Kanon Oda

¿Quién está en línea?
En total hay 1 usuario en línea: 0 Registrados, 0 Ocultos y 1 Invitado

Ninguno

[ Ver toda la lista ]


Hubieron 44 usuarios en línea en la fecha Dom Ago 30, 2015 5:44 pm
¿Qué hora es?
Contador Visitas
contador de visitas
Contador de visitas
Banner del Foro
Un futuro en el que yo no estoy (I) Foro-l10
Buscar
 
 

Resultados por:
 


Rechercher Búsqueda avanzada

Julio 2019
LunMarMiérJueVieSábDom
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031    

Calendario Calendario


Un futuro en el que yo no estoy (I)

Ir abajo

Un futuro en el que yo no estoy (I) Empty Un futuro en el que yo no estoy (I)

Mensaje por Runalan el Sáb Jun 29, 2019 9:35 pm


“Un futuro en el que yo no estoy”
I

En la nada fue donde la nada se originó, el ser vacío, una piedra que irradiaba vitalidad como ninguna otra lo haría en los próximos billones de años de existencia. Una piedra solitaria de hermosos colores, resplandeciente con una luz propia, creándose en la nada, y estando en la nada.
El concepto del tiempo no era conocido para la piedra, que solo estaba allí, en la nada. Permaneciendo sola, en penumbra de la nada.
La soledad hizo que aquellas dos figuras luminosas se crearan, y desde entonces estuvieron con la piedra, en la nada. El concepto del tiempo no existía para ninguno de los tres, y solo estaban allí, juntos. La nada ya no era tan solitaria.
Numerosos brillos, lejanos pero irradiantes de vitalidad como la piedra de la nada, se hacían presente y causaban algo que ellos mismos llamaron como “Nesletsrif” (Tentación).
¿Qué hay más allá? ¿Habrá otras formas de vida? La piedra no tenía la capacidad de pensar, pero los seres luminosos sí. Cuando ellos hablaban, la piedra no entendía a lo que se referían. La piedra, solo quería seguir en la nada, junto a estas dos figuras.

“Enas ekki re dets tte ap eraev a” (Estar en un solo lugar no es cuerdo).

“Mah de rav ditlla ekki liv iv” (No siempre vamos a estar con él).

“Ettestrof ekki nak ette” (Esto no puede continuar)

Las palabras dichas por la luminosidad más notable, las últimas palabras que la piedra sintió antes de que se marchara, dejando a la otra luminosidad más tenue detrás.
La nada ahora era un poco más grande para ambos, pero, estaba bien. Aún sentía la calidez de la luminosidad tenue, tan cálida y llena de una hermosa sensación. ¿Cuánto es que eso duraría?
Aquella hermosa luminosidad le tomó entre sus cálidas manos, y acercó su frente hacia la piedra, la hermosa piedra, como un gesto de cariño que ninguno entendía, pero que instintivamente hacían.

—Ag asgo am gej, ekablit remmok gej nem (Yo también tengo que irme, pero volveré) —lo dijo aquella tenue luminosidad—. Revol gej (Lo prometo).

Aquella hermosa y tenue luminosidad desapareció, nuevamente, dejando la nada en penumbra. En la oscuridad inerte, en el silencio sepulcral. La piedra solitaria, había sido dejada atrás, para que aquellas dos figuras pudieran avanzar y convivir entre otras especies de vida que fueron creándose poco a poco.
Las formas de vida.
¿Qué son las formas de vida? ¿Qué es la vida? ¿Cómo se ve la vida? ¿Cómo se siente la vida?
La piedra estaba curiosa.
La poca luminosidad era tragada por una figura que se acercó a la piedra. Murmurando “Saphirat”, era una figura oscura que parecía tragarse todo tipo de luz que se acercaba a la zona, como un punto negro en medio de la nada. Grandes cornamentas, y un par de orbes brillantes que simulaban los mismos ojos que tenían aquellas dos formas lumínicas. Pegajoso, era como la piedra describía el tacto de la figura oscura. Blancos y tenebrosos, era como describía los dientes de la sonrisa de la figura oscura.
Tenebroso.
¿Era esta una forma de vida?
La nueva forma de vida conocida se lo llevó de la nada, ¿le iba a enseñar los mundos donde se fueron aquellas dos formas lumínicas?
La figura oscura se movía entre las sombras de un mundo reciente que se había creado, aún la vida estaba emergiendo y había, principalmente, una forma de la vida que se llamaban como “humanos”, aún primitivos pero independientes y capaces de seguir evolucionando. La figura oscura los observaba desde lejos, ¿era su manera de enseñarle las formas de vida?
La piedra estaba curiosa.
¿Cómo se sentiría estar entre ellos? Convivir, hablar, ¿sería igual que cuando aquellas dos formas lumínicas hablaban entre sí?
Los primitivos humanos se dieron cuenta de la figura oscura, y entre palos y piedras, la espantaron. Espantaron a la figura, que se fue, dejando la piedra sola en el suelo. Ah, ¿no se olvidó de la piedra? Incluso si quisiera regresar, no fue posible, no sería posible. Los humanos habían rodeado a la piedra, curiosos, tan curiosos como la piedra estaba de ellos. Una piedra de varios colores, brillante como si tuviera vida propia, era lo que veían los humanos, algo completamente nuevo.
La piedra, entonces, frente a los ojos de sus espectadores, brilló. Los humanos tomaron guardia con sus palos y lanzas de piedra filosa, listos para atacar lo que sea que haya dejado “La bestia” detrás.
La piedra, analizó las figuras de los humanos, y tomándola en cuenta… creó su propia forma.
Cabello blanco y piel pálida, una figura masculina que fue la primera que vio, unos hermosos ojos rojos brillando con vitalidad a la luz de la luna que reinaba el cielo en este vasto mundo, se dirigieron hacia la multitud de humanos. ¿Por qué tenían esas expresiones? Había adquirido una forma similar a la de ellos.
La piedra, no sabía articular ninguna palabra, pero estuvo a punto de intentarlo. Abrió su boca y suavemente, emitió un ligero gemido de dolor cuando sintió la punta de una lanza atravesar su estómago.
Tembloroso, detrás de él, un humano le había atacado sin dejarle decir nada en lo absoluto. ¿Eso era malo? ¿Era bueno? ¿Era una manera de recibir un saludo? La piedra no lo sabía, así que lo imitó, y, con su mano y una lanza de cristal, atravesó al mismo hombre en el mismo sitio. ¿Así era como se convivía?
Las mujeres gritaron, los hombres miraron con expresiones aún más torcidas que antes. ¿Qué sucedía ahora?
La lanza que el hombre había clavado en la piedra con ahora un cuerpo humano, cayó al suelo y el agujero provocado, repleto de un líquido carmesí, se cerró de inmediato. Los humanos se veían horrorizados, y lo volvieron a atravesar en varios sitios, nuevamente.
¿Por qué?
Pasó una vez, y notaron que no moría. La piedra no entendió porque esos comportamientos. Entonces decidieron volverlo a atravesar.
No funcionó.
Lo quemaron vivo.
No funcionó.
Lo mutilaron.
No funcionó.
Lo cortaron en miles de pedazos.
No funcionó.
Lo decapitaron.
No funcionó.
Le clavaron una estaca en el corazón y lo volvieron a quemar.
No funcionó.
Lo golpearon hasta el cansancio.
No funcionó.
Lo envenenaron.
No funcionó.
Lo dejaron a merced de animales salvajes.
No funcionó.
Los humanos se habían cansado de intentar todo tipo de tácticas para matarlo, habían pasado ya años y no importaba que hicieran, se regeneraba. En caso de que no quedara nada de su cuerpo, uno nuevo volvía a emerger de la piedra, la cual, siempre estaba completamente intacta. Cuando la intentaron destrozar a base de martillos y golpes, no pudieron quebrarla. Cuando intentaron hundirla en el mar junto al cuerpo, volvía a salir del agua.
¿Por qué no se moría?
Ningún humano supo explicarlo. Entonces, para que no representara ningún tipo de peligro, lo encerraron en un calabozo en lo más profundo del bosque, en una cueva.
La piedra ‘Saphirat’ no comprendió nuevamente, ¿por qué los humanos le aislaron, cuando él solo quería convivir? Incluso si ‘convivir’ era doloroso, de alguna manera, no era solitario.
Tanto tiempo pasó, aquella celda en la que había sido puesto, poco a poco fue pudriéndose hasta no quedar en nada. Saphirat, como llamó aquella figura oscura a la piedra en un pasado, se levantó después de estar tantos milenios sentado en una sola posición. El sonido de sus huesos tronar fue lo único que se escuchó adjunto a sus pasos.
Caminó, caminó, caminó por el bosque donde había pasado sus últimos años. Y en un camino de tierra, una carroza iba con dirección a un pueblo que antes no estaba allí. Saphirat miró el pueblo y luego la carroza.
Caminando hacia la carroza con dos personas ahí, sin decir absolutamente nada y solo andar, fue rápidamente notado por aquellas dos personas. Uno de ellos, quien era el mayor, un señor de complexión robusta, un poco barrigón y con una barba de candado que inspiraba confianza, fue quien levantó una de sus manos y con una sonrisa habló:

—¡Ey, chico! ¿Crees que podrías ayudarnos con…?

Saphirat le voló la cabeza de un solo puñetazo. El cuerpo inerte del hombre cayó al suelo aun salpicando sangre y dando unos espasmos musculares por la muerte repentina.
Los humanos le habían recibido de esta manera, ¿no es así? Saphirat miró el cuerpo del hombre y la sangre que éste aún emanaba le manchó parte de su ropa inferior y pies. El grito de su acompañante no se hizo esperar, y Saphirat tomó la espada del cinturón del hombre, y sin darle tiempo de reaccionar al otro chico cuyo horror estaba plasmado en su rostro, le cortó el torso en una línea fina y recta. La sangre le salpicó en la cara y el cuerpo del otro hombre cayó también al suelo. Solo quedaban dos cadáveres con dos charcos de sangre respectivamente.
Saphirat entonces, caminó hacia el pueblo por la vereda, se iba a encargar de saludar a todos los humanos que allí yacían.

II


Los mundos se extinguían rápidamente, especialmente si no quedaba vida en ellos. El antiguo mundo donde Saphirat estuvo así fue, se quedó sin vida y, eventualmente, murió.
Viajó a otros mundos donde fue recibido de la misma forma, y, por lo tanto, él les regresaba el saludo. Atravesándolos con numerosas cosas que se encontraba en el camino, matándolos de un golpe, quemándolos como lo quemaron a él. De alguna manera, Saphirat sentía que era piadoso con ellos, ¿sentirían así el mismo dolor que él sentía? ¿El mismo dolor que se supone, es proveniente de un saludo al más estilo “humano”? Incluso en otros mundos donde no había humanos sino otras formas de vida similares, cosas tan distintas pero que de alguna manera funcionaban igual, era recibido de la misma forma.
El mundo más reciente en el que Saphirat había ido, se llamaba Noair, un mundo inusualmente oscuro que tenía la misma manía de recibir violentamente a Saphirat. Y éste, como era costumbre, solo aguantaba lo que sea que le hicieran, generalmente, esperando su muerte.
No era la primera vez que lo dejaban atado en un palo esperando que los animales se lo comieran. Saphirat miraba el cuervo en su hombro que picoteaba la carne de su brazo, donde un hueso yacía expuesto a la intemperie. En su brazo, en su cuello, en sus tobillos y parte de su cabeza y cara, era donde la carne ya estaba más podrida debido a los picotazos de las aves. En cuanto cediera el sol, iba a regenerarse nuevamente, él mismo ya lo había decidido así, por ahora… cerró los ojos, pensando que estaba bien que las aves se alimentaran de él. Los picotazos ya no causaban un dolor tan profundo como la primera vez.
El sonido de unos pasos le hicieron abrir un poco sus ojos rojos carentes de vida. Un muchacho con una oscura cabellera y unos hermosos ojos púrpuras se le fue acercando. No parecía tener más de 15 años de edad, se veía como un humano joven, pero su apariencia tenía un toque demasiado descuidado. La mayoría de su cabello estaba enmarañado, su piel era muy pálida, como si no saliera al sol lo suficiente, con ojeras debajo de sus ojos, como si no durmiera lo requerido, y con los labios secos, como si no se preocupara de su propia salud. Era la primera vez que Saphirat veía un humano con una apariencia tan descuidada como la suya. En sus manos, el chico llevaba una canasta con lo que los humanos llamaban “alimento”, era algo que Saphirat nunca había probado.
El muchacho se le acercó y se paró enfrente de él. Cuando vio la mirada de Saphirat en él, dijo en voz baja:

—Zefiran re nvan ttim, gem atsrof a mo ged yrb ekki. Neon dem evel laks gej nadrovh ekki tev gej, re reslelof avh ekki tev gej go (Mi nombre es Zefiran, no se moleste en entenderme. No sé convivir con nadie, y no sé lo que son las emociones).

Pero Zefiran por alguna razón, abrió los ojos con ligera sorpresa, antes de que Saphirat hablara también:

—Saphirat re nvan ttim, res ud mos go, od ekki gej nak. Relleh evel laks nam nadrovh ekki tev gej nem (Mi nombre es Saphirat, y como puedes ver, no puedo morir. Pero tampoco sé cómo vivir) —dijo con una áspera voz, reseca tras la insolación—. Pobre alma, eres capaz de hablar Lyrim. Eres capaz de entender a los demás, pero nadie es capaz de entenderte a ti. Que desdicha la tuya.

La expresión de Zefiran no cambió en lo más mínimo y, únicamente, con su mirada impregnada en Saphirat, bajó la canasta con alimento y comenzó a desatarlo, ahuyentando a las aves que se lo estaban comiendo. Quizá los planes de Saphirat cambiarían un poco.
Tan pronto fue desatado, Saphirat cayó al suelo. Tardó unos instantes en moverse y levantarse por su cuenta, mientras sus heridas sanaban, los lugares donde sus huesos estaban expuestos y la carne podrida, fue poco a poco avivándose hasta cerrar completamente y no dejar rastro de los picoteos de las aves hambrientas.
Zefiran dejó de ver los árboles cercanos al pueblo, y luego levantó su canasta y se la ofreció a Saphirat. No entendió el acto. Las personas siempre le atacaban tan pronto lo veían, por lo tanto, él había imitado dicho comportamiento a lo largo de los miles de años que lleva existiendo, ¿qué clase de acto era este entonces?
Reincorporándose, Saphirat tomó la canasta y miró los alimentos que allí yacían. Todo era lo mismo, eran cosas ovaladas de un color dorado y aparentemente crujiente, pero a la vez se veía suave y caliente. Saphirat miró a Zefiran, como si buscara que le dijera que era. Zefiran lo comprendió rápidamente y se adelantó:

—Drob (Pan) —dijo Zefiran. Tomó uno de los panes de la canasta y lo mordió, como si enseñara a Saphirat como hacerlo. Éste hizo lo mejor que sabía hacer: imitar, e hizo lo mismo.

Saphirat crispó los ojos, con cierta sorpresa. Tal y como aparentaba, el ‘pan’ era aparentemente crujiente por fuera, pero por dentro era muy suave y blanco. Tenía un sabor seco, pero agradable al gusto. Rápidamente, volvió y morder y volvió a morder. El ‘Pan’ le parecía delicioso, era lo primero que llevaba a su boca, desconocía completamente este acto.
Él se sentó en la piedra cercana donde estaba atado antes, y a su lado se sentó Zefiran, mirando únicamente como Saphirat seguía comiendo y comiendo pan.
Nunca había visto a alguien degustar pan como si fuera lo más delicioso del mundo. Pero Zefiran lo sabía, este ser no era de éste mundo. Zefiran había sido testigo de todas las veces que lo habían matado, pero, de alguna manera, volvía a levantarse. ¿Era un muerto viviente como los de las historias? ¿Algún tipo de demonio o vampiro?
Saphirat tragó el último pan y se quedó quieto por unos instantes, únicamente con Zefiran viéndole insistentemente, fue finalmente, el albino habló:

—Sólo soy un ser de cristal cuya existencia no tiene motivo, pero seguro tú ya lo sabes. Eres poseedor de una habilidad muy curiosa, capaz de ver lo que todavía no sucede, así que seguro ya eres conocedor de lo que te voy a decir —dijo, sabiendo que, aun hablándole en otro idioma, Zefiran sería capaz de entenderle—: Dices que no conoces de emociones, pero siento demasiadas dentro de ti.

Saphirat le miró, y esbozó una débil sonrisa que Zefiran nunca había visto en ninguna otra persona. Saphirat tampoco sabía que era esa sensación que sentía dentro de sí, pero sabía que no era suya, sabía que era una sensación emergente del chico de ojos púrpuras.

—Yo no conozco de emociones, y teniéndote cerca, he tenido esta sensación completamente nueva.

Dijo al final para poner una mano sobre la cabeza de Zefiran, quien se sonrojó sin saber que decir o cómo actuar. Únicamente levantó su mirada para apreciarlo mejor. ¿Quién… era esta persona?
Sentía que podría pasar todo el atardecer hablando con él y, de hecho, así lo hizo. El tiempo se fue volando, pero tenía que dejarlo y volver a su hogar. No era como si alguien lo esperara, pero lo último que quería era causar más problemas a la gente del pueblo, quienes, si se enteraban que había liberado al “prisionero”, tomarían reprimendas contra ambos. Zefiran lo sabía, lo había visto ya. Por ello, nuevamente se encerró en su hogar en la soledad de la noche.
No hablar el mismo idioma que los demás y decir cosas extrañas, su inusual apariencia y entre otros comportamientos extraños que tenía Zefiran, le habían tachado como un ser sobrenatural.
Eso mismo llevó a los aldeanos a tomar reprimenda hacia él.
Zefiran lo sabía, por eso se había ido sin Saphirat a su hogar.

“Eres un mentiroso” Pensó Zefiran, en la soledad de su hogar, escuchando los gritos furiosos de los aldeanos, quienes le exclamaban para que saliera “Al menos hice una última buena acción”.

Los aldeanos gritaron claramente, encendiendo llamas con sus antorchas alrededor de la vivienda de Zefiran. Entre los gritos podían escucharse las palabras “traidor” y “demonio”.
Zefiran había visto entre los árboles una niña que le miraba con insistencia como había liberado a Saphirat de sus ataduras. Seguramente ella le dijo a todo el pueblo y ahumado con toda la incomodidad que causaba antes, solo detonaron la cacería contra él.
Ah, qué triste que acabara así.
Una persona odiada solo por su apariencia descuidada, por no hablar el mismo idioma que ellos. ¿Por qué las formas de vida solían juzgar tan rápido? ¿Por qué no daban permiso a que alguien pudiera excusarse?
Él únicamente cerró los ojos y esperó a que las llamas lo alcanzaran y terminaran por consumirlo.
Los aldeanos a su alrededor se separaron cuando vieron a la figura albina caminar entre ellos. Temblorosos, se apartaron de él, algunos intentaron correr, pero explotaron en pedazos y sus entrañas salieron disparadas para todos sitios. Algunos gritaron de horror al ver a Saphirat mirarlos, y no tardó mucho para que todos tuvieran el mismo destino que aquellos apurados que querían escapar del inevitable final. Un baño de sangre no era nada nuevo para Saphirat, quien ya hasta estaba comenzando a tomarle cierto gusto. Se acercó a lo que quedaba de los cuerpos, los órganos esparcidos de los que alguna vez fueron humanos, y tomó una espada oxidada que pertenecía a uno de los aldeanos.
Su mirada vacía, entonces, se dirigió hacia el lugar en llamas. No se sentía vida allí.
Las llamas se extinguieron instantáneamente y Saphirat caminó tranquilamente por entre los escombros. Pisó las vigas calcinadas, todo estaba completamente negro, consumido por las llamas. Igual que el cuerpo inerte que yacía frente a él, tirado boca arriba, como si hubiera querido ver el hermoso cielo una vez más. Los ojos púrpuras estaban igualmente quemados y ya no podía distinguirse ese color que le caracterizaba.
Saphirat se arrodilló a su lado y tomó la espada oxidada del aldeano. Cortó su mano. La espada estaba carente de filo, pero fue lo suficientemente potente para dejar caer su mano en el suelo y, con eso, chorros de sangre que salpicaron el suelo. Saphirat, sin ninguna expresión, acercó su muñón cortado hacia la boca de Zefiran.

—Eres una curiosa existencia. Aun sabiendo lo que sucedería, fuiste a tu propia muerte.

Los humanos son tan frágiles, mueren fácilmente. Se corroen fácilmente, desaparecen fácilmente.
Pero tú, debes de seguir viviendo, ese es el destino que tengo para ti, Zefiran.

III


—Los humanos son muy propensos a tener miedo.

Cuando un Zefiran de 16 años dijo eso, Saphirat le volteó a ver sin expresión alguna.

—Exactamente, ¿qué es el miedo?

—Una sensación de peligro ante lo desconocido o incluso a un evento en cuestión —explicó Zefiran.

Saphirat no contestó, pero comprendió. Alzó su mirada hacia el cielo azul de este mundo desde el risco en dónde estaban.
Desde que Zefiran había sido revivido por Saphirat, se había encargado de acompañarlo a todos sitios. Con su habilidad para ver lo que iba a suceder, le fue de mucha ayuda a Saphirat para saber cuáles serían los movimientos de los humanos y así evitarlos o, en caso contrario, matarlos antes de que pudieran hacer algo.
A dónde fuera que ellos llegaran, los humanos eran asolados por el “miedo” que le causaba cierta curiosidad a Saphirat. ¿Por qué el miedo les reinaba siempre? ¿Fue miedo lo primero que sintieron las formas de vida cuando lo vieron por primera vez? ¿Fue eso lo que los impulsó a dar tremendo saludo?
Viajaron de mundo en mundo durante mucho tiempo, pero decidieron quedarse en Reiga, un mundo que no era muy diferente al primero en donde había llegado Saphirat. En Reiga, pudieron conseguir una casa donde estar durante alguna cantidad de tiempo.
Zefiran era el que se encargaba de convivir con los humanos de la aldea, puesto que Saphirat no se movía para casi nada. Su mirada perdida se quedaba en un solo lugar por horas o días. Incluso si Zefiran le hablaba, la mayor parte del tiempo era ignorado. Ese comportamiento de Saphirat hacía que nuevamente, los aldeanos comenzaran con su latente sentimiento de terror que ya era tan conocido para él.
“Iban a dentro de dos noches para quemar la casa de Saphirat”, ¿por qué ese tipo de escenario le era tan familiar a Zefiran? Ah, los humanos tienen una manía de quemar todo lo que creen peligroso o les causa miedo.
Cuando Zefiran cruzaba por la casa, miraba a Saphirat, quien nunca decía nada. ¿Qué tipo de convivencia era esta? ¿Sentarse a verlo únicamente? ¿Hablarle sin recibir respuesta? Saphirat era un ser extraño, en eso concordaba con los humanos, pero, también era una persona, ¿no es así? Aunque Saphirat nunca se quejó del dolor que sentía de las heridas causadas, nunca demostró ninguna emoción más allá de aquella sonrisa que le dedicó cuando se conocieron.
¿Vale la pena salvar a esta persona? Zefiran bajó la mirada. ¿Vale la pena salvar a la persona que le condenó a seguir viviendo?
Al final de cuentas, él tampoco podía morir con tanta facilidad ahora.
Las dos noches pasaron, Zefiran sabía lo que ocurriría, así que decidió tender una trampa para los aldeanos que se acercaran. Era sencillo; para llegar a la casa donde se hospedaba con Saphirat, tenían que cruzar un camino que estaba en medio de dos barrancas de considerable altura. Si hacía caer piedras desde ahí, sería sencillo espantarlos al menos. Tampoco es como si la muerte de alguno de los humanos le fuera afectar.
Mientras preparaba todo, miró a lo lejos la multitud que se acercaba con antorchas y armas totalmente improvisadas. Zefiran entrecerró los ojos; como si eso fuera suficiente para matar a alguien como Saphirat, quien no conocía de dolor ni miedo, quien podría matarlos sin siquiera mover un dedo. En parte, esto también era para salvarlos a ellos de una terrible muerte a manos de aquella persona carente de expresiones.

—Aquí estás.

Zefiran fue rápidamente jalado hacia atrás por una mano adulta. Cuando alzó la mirada, eran un grupo de tres hombres que lo habían descubierto. Los hombres le hicieron caer por el risco donde estaba y luego ellos bajaron. Los humanos ya se habían comenzado a amontonar en el lugar. Con sus antorchas, con sus armas. Todos exclamaban lo mismo, “Es el chico que sigue al monstruo”, ¿qué monstruo? Cuando Zefiran les miró, vio muchas caras confiadas, como si ellos pudieran hacer frente a ese monstruo.
Eran solo unas pobres insolentes almas que creían que iban a poder hacer algo. Zefiran se reincorporó débilmente, y en sus manos apareció una cuerda dorada. Los humanos le miraron con sorpresa, desconcertados, y, sin más, Zefiran tiró de ella.
Las piedras que había preparado cayeron al ser incitadas por la cuerda. Piedras de numerosos tamaños. Zefiran se levantó e intentó escapar del lugar al igual que otros humanos, pero un hombre le detuvo mientras maldecía en voz alta y le hizo caer al suelo nuevamente. Las piedras cayeron y aplastaron todo a su paso, entre ello, debajo de la cadera de Zefiran.
Emitiendo un quejido de dolor asemejándose a un grito ahogado, los humanos que sobrevivieron se fueron de vuelta al pueblo, horrorizados. No estaban horrorizados por la acción de Zefiran de espantarlos, acto que se había llevado a unos cuantos humanos que eran las cabecillas del grupo, sino porque, Saphirat claramente había sido atraído por todo el escándalo que se armó y, con su inexpresividad, sus ojos rojizos vacíos carentes de vida, espantó a los demás humanos que estuvieron en la escena.
Con la misma actitud de siempre, Saphirat se acercó a Zefiran, mirándole fijamente. Éste, apenado, solo pudo bajar la cabeza. Mordía su labio, apretaba el suelo clavando sus uñas hasta que sangraran. Eso, comparado con el dolor que sentía al tener la mitad de su cuerpo aplastado por decenas de piedras no era nada.

—Eres un inmortal, pero tu cuerpo es humano. Recordará todos los eventos pasados —comentó Saphirat al momento de quitar la piedra de encima de Zefiran, quien no se sentía capaz de mover sus piernas—. No pienso curarte.

—Lo tengo merecido —dijo Zefiran.

—Pareces comprenderlo —contestó Saphirat—. Tu cuerpo se regenerará por sí solo, pero las marcas quedarán.

Un halo de luz dorada fue creándose al lado de Saphirat. Cuando éste extendió su mano hacia ella, se creó un bastón dorado que mantenía una piedra en la punta superior, y después se lo ofreció a Zefiran. Éste lo tomó y se apoyó en el bastón, mientras miserablemente intentaba levantarse del suelo.

—Entonces, ¿no podré caminar el resto de mi vida?

—Mientras te apoyes en Himneskur, caminarás.

Zefiran miró la piedra que estaba en la punta superior del bastón. Era una gema azul brillante, muy linda. Supuso rápidamente que se trataba de Himneskur. Entrecerró los ojos con cierta pena y miró a Saphirat, quien ya le había dado la espada y había comenzado a caminar.
¿Sólo eso?
No esperaba nada, ni un solo agradecimiento, no esperaba nada, pero, aun así, no fue suficiente. Logró espantar a los humanos, y como consecuencia, ahora estaba invalido. Condenado a vivir, condenado a ser invalido.
Miró a Himneskur. Si se alejaba de esta piedra, ¿se quedaría sin poder caminar?
Después del incidente, Zefiran insistió en que era mejor irse de Reiga antes de que los humanos volvieran a hacer algo en su contra. A Saphirat eso no le interesaba; “Los mataré entonces”, dijo sin más. Pero eso era precisamente lo que Zefiran no quería.
Así, sosteniendo fuertemente su báculo, Zefiran nuevamente siguió a Saphirat a otro mundo, y a otro, y a otro.

_________________________
Un futuro en el que yo no estoy (I) Firmaw11
Runalan
Runalan
Admin
Admin

Mensajes : 1804
Fecha de inscripción : 06/12/2013
Edad : 20
Localización : En algún lugar del mundo :D

Ver perfil de usuario http://animefans.foroargentina.net

Volver arriba Ir abajo

Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.