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El Principio y el Fin

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El Principio y el Fin

Mensaje por Runalan el Vie Sep 28, 2018 12:00 am

«El principio y el fin»


¿Hace cuánto fue que encontró a ese niño tirado en las afueras de su hogar? Un niño cuya mirada vacía reflejaba la más intensa tristeza que se puede percibir, que congelaba cuando sus pupilas se topaban con las tuyas. Un niño que era testigo como dios a veces puede ser tan cruel, abandonando a los más necesitados.
Arrastrándose, ese niño llegó. Herido, moribundo. Él ya esperaba su final, él ya se había resignado a morir ahogado en el odio de su pueblo. Por ser diferente, por poseer algo que los demás no. Desde que nació, simplemente, fue tratado como un demonio. Y apenas pudo valerse por sí mismo, fue abandonado por su familia y dejado a la suerte, en las calles.
Incluso si él mismo intentaba usar su “anormalidad” para ayudar a su pueblo, sus intentos de ser amable solo funcionaron al comienzo. Salvando su pueblo de algunos desastres, la amabilidad eventualmente se convirtió en osadía, y poco a poco fue nuevamente convirtiéndose en tristeza en cuanto fue incapaz de seguir ayudando a su pueblo. Ni siquiera la amabilidad y franqueza fueron ayuda en su caso.
Los adultos apenas lo veían, le lanzaban piedras. Lo apaleaban, lo golpeaban, lo corrían y le tiraban insultos de todo tipo. Los niños no eran mejores, quizá, para vista de él, eran aún peores. Metiéndose con alguien de su edad, menor o incluso mayor, sacaban toda su crueldad en palabras y actos. Ni siquiera los niños se libraban de la corrupción de tener a alguien a quien molestar.
Así, simplemente, se dejó llevar por el viento, caminando y caminando. Sus deliberados pasos lo llevaron hasta él, la única persona que le tendió la mano.
Enmei Senjū, apenas llegó al templo de la conocida entidad Shiroka, aquella que estaba comenzando a ser alabado como un dios, fue atendido por éste mismo. Un niño que ya no creía en dios, atendido por uno, cuidado, querido.
Despertó en un lugar cálido. El sonido del fuego se escuchaba, suavemente, no muy lejos de él. Movió un poco su mano, sintiendo algo suave y blando, sobre lo que estaba recostado. Su cabeza, en una almohada de plumas. Su cuerpo cubierto por una manta. Era la primera vez que se sentía tan reconfortado.

—Ah, despertaste.

Él escuchó una suave voz que llamó su atención. No se movió en lo absoluto, pero involuntariamente, su mirada se desvió hacia la única persona solitaria sentado en el suelo, no muy lejos de él. Estaba, de hecho, preparando algo en el fuego, parecía ser algo parecido a un ungüento.
Era una persona de cabellera larga y blanca, tan blanca que parecía irreal, como si fuera nieve, o simplemente, como si no tuviera color alguno. Su piel era pálida, casi translúcida, y sus ojos eran de un color lavanda claro, sin una pupila que los definiera. Sus facciones parecían ser tan delicadas y delineadas que le hacían resaltar en una belleza digna de recordar. Era, simplemente, un deleite para la vista verlo.
Sin embargo, él no era un humano. No solo por aquellos ojos grandes y extraños, o su cabellera blanca y brillante. Sino que, sus orejas eran largas, como las de los elfos de las historias o algún tipo de espíritu benevolente. Era, realmente, algo irreal en persona.

—Por poco creía que te irías —él sonrió suavemente—. Pero pude tratar tus heridas sin problema. Sólo necesitas reposar, y estarás como nuevo.

La mirada de Enmei volvió a moverse hacia el techo. Aquella madera agrietada del mismo parecía ser más interesante, pues él no se veía atraído por la belleza de la persona a su lado. Era un hombre adulto, después de todo, y él, solo un niño sin ánimos de nada. ¿Para qué preocuparse, de todas maneras? Las personas siempre son iguales.

—Eres del pueblo, ¿no es así? —preguntó, sin ánimos de dejarlo en paz—. No he pasado mucho por ahí. Aunque creo que te llegué a ver en una ocasión. Eres el niño que protegía la aldea, ¿no?

Enmei solo entrecerró los ojos. La persona evitó decir algo más al notar su incomodidad. Por unos momentos, guardó silencio y siguió a lo suyo. Sin embargo, sus ánimos de hablar no se marcharon, era como si se hubiera puesto el reto de hacer hablar a Enmei, al menos una palabra. Por eso, simplemente, se presentó, incluso si no esperaba una respuesta a cambio:

—Mi nombre es Shiroka. ¿Cómo te llamas tú, pequeño?

Y nuevamente, el silencio. Shiroka simplemente sonrió débilmente para sí mismo, mirando a Enmei. Su mirada eventualmente cayó hacia el ungüento que preparaba para seguir tratando las heridas. Era claro, no iba a tener una respuesta, pero estaba bien, este niño había sido golpeado casi hasta la muerte. Debe haber sido duro para él.

—Enmei… Senjū

Enmei mencionó suavemente su nombre. Shiroka le miró con sorpresa, y eventualmente sonrió:

—Es un gusto, Enmei.

Shiroka no era un humano. Enmei lo había descubierto conforme el tiempo pasó. Shiroka había cuidado de él minuciosamente. Sus heridas, su alimentación, incluso el lugar donde dormía o su ropa. Shiroka sorprendentemente sabía preparar telas fácilmente, usando unas raras plumas blancas que quien sabe dónde encontraba. También, ayudaba siempre a Enmei a peinarse su cabello, le ayudaba en muchas cosas realmente. Pero, aun así, Enmei aún no hacía nada para evitar los maltratos del pueblo.
Shiroka tampoco era bienvenido en ese lugar, pero, contrariamente a él, no tenía a que ir. Enmei, por otro lado, vivía ahí, tenía que conseguir alimentos ahí, ya que Shiroka preparaba cosas deformes que hablaban en vez de algo comestible.
Enmei gustaba de pasar su tiempo con Shiroka. Siempre, siempre. Veía las estrellas con él, las nubes, jugaba, intentaba cocinar para que Shiroka no muriera intoxicado por su propia comida, e incluso a veces cantaban juntos. Él había sido la única persona que no lo había maltratado, que no había odiado su habilidad en la magia, que nadie más poseía. Esa anormalidad que solo había servido para ganarse el odio de su gente. Shiroka, no importó de eso. Él también poseía la magia, de hecho. Por ello, Enmei se sintió tan identificado con él, y rápidamente, tomó confianza. Ambos eran similares entre sí, pero tan diferentes de los demás.

—Enmei —llamó Shiroka. Habían estado sentados en el pasto, a las afueras del bosque y cerca de un acantilado con vista al mar. Era el lugar favorito de ambos, especialmente cuando era el ocaso. Enmei entonces, simplemente miró a Shiroka, preguntándole con la mirada—. ¿Qué planeas hacer cuando seas un adulto?

¿Cuándo sea un adulto?
Ciertamente, Enmei es un niño de 12 años. No pudo hacer mucho por su cuenta ni podría. Muy seguramente, incluso habría muerto en el momento en el que fue apaleado hasta perder la consciencia, de no ser porque Shiroka le salvó.  ¿Qué haría, qué haría? Un adulto.
Los adultos generalmente se casan y tienen hijos. Trabajan, mantienen a su descendencia. ¿Él sería igual? ¿Él también se casaría con una mujer y tendría su propia familia? Desde luego, si alguno nace con magia, no lo repudiaría. Lo apoyaría, lo cuidaría y lo asesoraría. Por unos momentos, ese pensamiento le hizo sonreír. Shiroka al verlo, sonrió también.

—Parece que algo muy bueno.

—Desde luego —afirmó Enmei—. Pienso irme de este pueblo, cuando ya pueda dejar de robar víveres de él. Después, quizá si encuentro otro, puede que haya gente como yo, o… si no, simplemente ocultaré mi habilidad.

—Suena factible. Eres un humano después de todo —insistió Shiroka—. Puedes vivir entre ellos sin problemas. Seguramente te irá bien.
Entonces, Enmei cayó en cuenta y miró a Shiroka.

Él se iría y dejaría este pueblo para siempre. Porque es un humano, fácilmente puede vivir entre ellos en un lugar donde no conozcan su “anormalidad”. Pero, ¿qué hay de Shiroka? Él tiene claras diferencias a los humanos. Su sola apariencia haría que los humanos le repudien, le lancen piedras, insultos, gritos. El corazón de Enmei se apachurró al pensar en eso. Alguien tan amable como lo es Shiroka, siendo odiado por solo verse así.
Irse, sería dejarlo aquí, solo.

—Enmei, ¿qué pasa? —preguntó Shiroka. Enmei dio un sobresalto, saliendo abruptamente de sus pensamientos—. Tu rostro cambió muy… repentinamente.

—Shiroka… ¿qué pasará contigo cuando me vaya?

—¿Qué…? —él eventualmente cayó. Su expresión lo indicó todo: se agobió con ese pensamiento.

Shiroka estaba acostumbrado a estar solo, nunca creyó que fuera triste porque era la única manera de vivir que conocía. Nunca supo que se necesitaba compañía. Sin embargo, ahora que conoció a Enmei, se ha hecho fundamental en su vida. Apreciaba su compañía, lo apreciaba a él, apreciaba no estar más tiempo solo. Pero… lo olvidó. Enmei es un humano, eventualmente morirá por causas naturales. Y Shiroka, Shiroka seguirá viviendo por milenios y milenios.
Bajó su mirada hacia el mar, iluminado por el atardecer. El viento sopló suavemente, moviendo su cabello. Que difícil era esto.

—Supongo que me quedaré aquí —dijo sin más—. No puedo convivir con los humanos, a diferencia de ti. Mi apariencia, mi longevidad… Se darán cuenta rápidamente que no soy como ellos. Yo realmente aprecio a los humanos, pero también soy consciente que pueden ser sumamente crueles.

—No me gustaría dejarte solo, Shiroka…

—Pero no te detengas por mí, ¿de acuerdo? —Shiroka le sonrió—. Me sentiría culpable de saber que soy un obstáculo hacia tus sueños.

—¡Pero, no quiero dejarte aquí olvidado, Shiroka!

Entonces, la sorpresa lo invadió al escuchar esas palabras.

“Olvidado”.

Era verdad, tarde o temprano Enmei le terminaría dejando y quizá olvidando. Le dolía el saber eso, pero, entonces, dio con una solución o, más bien, un intento de solución. Llevó sus manos hacia sus orejas, aquellas largas orejas que llamaban la atención de Enmei, y, entonces, se quitó los aretes de media luna que las adornaban. Primero el derecho, luego el izquierdo. Cuando se las quitó, las pasó entre sus manos, recitando un hechizo de eternidad y, entonces, se las ofreció a Enmei, quien las tomó por educación, sin saber que significaba realmente este acto.

—Puedes llevarlos contigo siempre —dijo Shiroka—. De esa manera, me tendrás presente.

Enmei entonces abrió los ojos y le miró, sorprendido.

—¡Pero, me dijiste que eran de tu país!

—Efectivamente —asintió—. Era un recuerdo de ahí, pero, ahora, quiero que sean un recuerdo de mí. Sabes lo importante que son para mí, así que, ojalá sean igual o más importante para ti.  Así, si nos separamos, si te vas lejos, si pasan los años, me mantendrás contigo, incluso si estamos a millas de distancia.

Enmei apretó sus labios fuertemente, al igual que su agarre a aquellos aretes dorados. Los puso sobre su pecho, y simplemente, asintió.
El tiempo pasó, y pasó, y pasó.
Y entonces el pueblo dio una decisión.

“¡Para evitar las catástrofes, Dios requiere de un sacrificio!”

“La sangre de una persona seguro calmara su ira, y finalmente dejarán de atormentarnos”.

“¡Debe ser por ese demonio en forma de niño! ¡Sacrifiquémoslo a él!”

Fue la propuesta inicial.
Todos sabían a quien se referían, todos sabían que eso podría ser algo viable, incluso si carecía de lógica alguna. El pueblo que atormentaba a ese pobre niño, sentía que un sacrificio ya era pasarse de la raya. ¿Pero eso les importaba? Poco a poco la opinión pública fue cambiando, poco a poco, hasta que finalmente, todos estuvieron de acuerdo en eso: había que sacrificarlo.
Enmei no sabía lo que le esperaba en el futuro. Un día, simplemente, lo atormentaron. Tanto, tanto, con palos, con piedras, con insultos, con cuerdas y látigos. Lo orillaron, fríamente, hasta el acantilado. El viento soplaba, como si estuviera furioso, como si apoyara la noción o simplemente, intentara detenerla, sin éxito alguno. Debajo del acantilado, las olas del mar golpeaban incesablemente. Cada vez más y más alto, que algunas de sus gotas llegaban hasta el punto donde ellos estaban acorralando a aquel pobre niño.

“Debes de morir”.

“Solo así se calmarán los desastres”.

“Tu existencia fue un desastre”.

“Tu existencia fue un desastre”.

Esas palabras lo marcaron profundamente. Mirándolos en completo shock, las piedras pasaban por su lado como en cámara lenta, mientras que analizaba esas palabras.
¿Por qué aun cuando él intentó ayudar a su pueblo, lo maltrataron? Ese “Don” que Shiroka llamó como MAGIA, intentó utilizarlo para ayudar a su pueblo, intentó utilizarlo para salvarlos, pero, incluso con eso, ¿por qué lo odian tanto? ¿Qué hizo mal? ¿No debió de haber nacido? ¿De verdad? De ser así, ¿por qué está vivo? ¿Por qué ha vivido tanto?
Sus ojos se llenaron de lágrimas, decepcionado de la gente del pueblo. ¿Por qué se sentía más decepcionado? Ya no le habían podido decepcionar más… y, sin embargo, lo hicieron.

“¡Muere, maldito monstruo!”

Y entonces, fue empujado al abismo.
Sus ropas se empaparon y su mirada se volvió oscura. La luz se alejaba poco a poco, sentía el peso del agua sobre él. El aire no entraba, sus pulmones poco a poco se llenaban de líquido y, simplemente, ya no podía respirar más. La desesperación era tal, quería respirar, ¡quería vivir! Y, sin embargo, no se le era permitido. Los humanos no le habían permitido seguir. La desesperación de la muerte, la sentiría ahora mismo.
Fue entonces, cuando tenuemente, escuchó una voz que llamaba su nombre, mientras que consciencia se desvanecía poco a poco.
Él no lo vio, pero Shiroka se había hecho espacio entre la furiosa multitud. Todos quedaron abobados de ver su belleza, su cabellera blanca, sus orejas alargadas. Él se aproximó a la orilla del acantilado mirando el mar enfurecido. Sin embargo, no podía ver a Enmei. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y simplemente estiró su mano hacia el mar. Sus talismanes se movieron y entraron al mar. Al menos, algo quería hacer para ayudarlo, ¡quería que viviera! Un destino como este. Ahogó un sollozo al momento de que quiso salir, miró de reojo a la multitud confundida.
¿Tenían a un dios frente a ellos?
Fue lo que se preguntaron cuando vieron los relámpagos y el gran diluvio que venía. Incluso Shiroka tuvo que voltear a ver. Como más allá del mar, se cernía el diluvio que acabaría con el pueblo. Con todo su pesar, miró el mar.
No quería moverse, no quería irse. Quería a Enmei, quería salvar a ese niño. Pero, ¿entonces porque su cuerpo se movía? … ni siquiera se molestó en salvar al pueblo que vio a Enmei nacer y crecer.
Shiroka no se dio cuenta, pero sus talismanes lograron llegar.
La tormenta pasó, devoró todo lo que alguna vez fue un pueblo que, sin bien, tenía mucha gente en él, carecía de vida. Era como un lugar en el que se vivía por vivir, y en el que ahora no quedaba más que ruinas y tierra, traída por el mar.
Saliendo de la orilla del mismo, una silueta se asomó. Literalmente, había salido del océano. Alguien alto, de cabello negro y largo, enmarañado debido al agua. Portando distintas ropas a las que había usado originalmente. Con unos ojos azules, con bellos aros celestes rondando en su iris. Esta persona, miró el cielo que se despejaba poco a poco dejando entre ver la luna llena en su punto más alto, mientras que en su mano portaba un talismán ya inservible, y en sus oídos llevaba un par de pendientes de media luna.
“Shiken Dōji”.
Es un nombre apropiado para una deidad, la deidad que poco a poco comenzaría a ser conocida por su crueldad y juicio. Alguien que juzgaba incluso a otros dioses. Alguien que no temía en castigar a aquellos ineptos que colmaban su paciencia. Su nombre fue haciendo eco en oídos de todos.
Las leyendas lo relataban; había salido del mar durante una noche de luna llena. Que su poder era tan inmenso que simplemente, podía matarte con solo pensarlo. Qué él era la mismísima encarnación del juicio y final. Demasiadas cosas se hablaban de él.
Shiroka, había tenido una vida difícil en este tiempo desde lo sucedido con Enmei. Su muerte le afectó tanto, que se recluyó a sí mismo durante un par de milenios. Dejó de saber que ocurría a su alrededor, no quería prestar atención, no quería saber nada más. Su mirada permanecía perdida, sus recuerdos más que gratos, eran proyecciones que lo atormentaban día a día, noche tras noche, momento tras momento.
No había podido salvar a Enmei, y eso… le afectaba.
Cuando decidió que había pasado mucho tiempo, salió. Nuevamente miró el azul cielo sobre él. Las nubes pasar despreocupadamente, las personas haciendo sus vidas normalmente. Ellos ya no sabrían lo que había ocurrido en el mismo lugar hace dos mil años. Simplemente, no tenían idea de ello, y, el pueblo en donde Enmei nació y creció, ahora era un lugar próspero lleno de felicidad… la felicidad en la que Enmei debería de haber nacido.
Los dolorosos recuerdos volvían a él en forma de película. Así que, simplemente, se alejó de todo lo que le recordara a esa pequeña persona.
Mientras paseaba por la orilla del río, viviría algo que le cambiaría la vida completamente. Su corazón se aplastó completamente al ver tremenda escena. Flotando en el río, como si fuera mera basura, había varios cadáveres. Shiroka no podía con la vista de eso, pero, independientemente de sus deseos, su vista de posó en un cuerpo específico.  Entonces lo vio… era la flama de la vida. No lo pensó dos veces cuando se lanzó al río a salvar esa persona.
Quemaduras horribles, vendas apenas alcanzaban para poder ayudarle. Su cabello era casi nulo en su cabeza, no podía ni siquiera moverse y apenas y podía respirar. ¿Qué había llevado a tal persona a terminar en este estado? ¿Fue crueldad humana? ¿Algún escarmiento de alguien? Shiroka no pensaba tanto en ello cuando decidió ayudarle. Le arrastraría hasta un lugar seguro, tomaría plantas y flores para preparar ungüentos y poderlo ayudar lo más posible. El daño era irrevertible, o, al menos, eso creía él. Sin embargo, su vida aún se podía salvar, incluso si su cuerpo estaba completamente destrozado. Día y noche, Shiroka cuidó de esa persona. Esa persona que no podía hablar, solo jadeaba al respirar, solo movía sus ojos, lo único que parecía estar intacto.

—No sé cómo es que terminaste en este estado… —Shiroka comentó—. Pero quédate tranquilo… te cuidaré…

Era verdad, Shiroka no deseaba que un suceso igual al de Enmei volviera a ocurrir. No quería que, una vida a la que podría salvar, se viera opacada nuevamente. Al momento de sostener el ungüento que usaría para intentar mejorar las heridas del hombre, temblaba. Su cuerpo temblaba al recordar aquellas escenas, aquella perdida.
Ese hombre, bajó su mirada hasta las manos de Shiroka. Y, débilmente, con una voz cansada y ronca, que era apta para un moribundo como él, llamó su atención:

—No… debería temblar… jovencito —emitió. Shiroka le miró sorprendido, creía que era incapaz de hablar—. Es muy… lindo para tener… preocupaciones.

Shiroka le continuó mirando, pero luego, miró el ungüento. Se aproximó a él, dejando la vasija a un lado.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó—. Mi nombre es Shiroka. Siéntese libre de pedirme lo que sea.

El hombre miró el rostro de Shiroka, admirándolo como si fuera un ángel. El ángel que le salvó la vida. Apreciándolo con detalle, con deseo, con amor. Su salvador, su ángel, su dios. Le debía todo.

—Mi nombre… … es Kazuhiko… … Kazuhiko… Yosano…

Shiroka solo le sonrió, y se dedicó a cuidar de él.
El tiempo fue pasando. Las heridas de Kazuhiko sorprendentemente fueron sanando con el tiempo. Tanto, que era capaz de moverse nuevamente. Era capaz de hacer una vida por su cuenta, aunque su cuerpo estaba deformado debido a las quemaduras. Su rostro no tenía forma, su piel aún era rojiza, casi carbonizada. Pero, al menos, era capaz de moverse y respirar más establemente. Así, con esta horrible apariencia, ¿cómo sería Shiroka capaz de amarlo?
Así, un día que Shiroka volvió de recoger plantas medicinales, simplemente, no vio más a Kazuhiko.
El tiempo pasó y pasó, nuevamente. Como si fuera obra del destino, los rumores de Shiken Dōji llegaron hasta oídos de Shiroka, quien no sintió el mínimo interés en conocerlo. Pero el destino tenía otra cosa planeada y, justo cuando había tomado tal decisión, lo encontró.
Shiken Dōji, el dios más temido por ser estricto y duro con sus juicios, cruel con los humanos, a los cuales detestaba sobre todas las cosas. Shiroka sabía que sería imposible para él llevarse bien con alguien como él. Sin embargo, fue todo lo contrario. Cuando apenas habían hablado, Shiroka sintió algo… extraño que no había sentido con nadie más… con nadie… era, ¿nostalgia? ¿Recuerdos?

—Mi nombre es Shiroka —se presentó él—. Es un gusto, Shiken Dōji sama.

—Shiroka… eh —mencionó Shiken Dōji, con suavidad—. Mi nombre… … puedes llamarme como Shiken Dōji.

Su mirada se ablandó inusualmente, y sus acompañantes lo supieron de inmediato. Fue algo difícil de ocultar. Esta era, la persona que Shiken Dōji mencionó… la persona dueña de aquel talismán que le acompañó durante su nacimiento.
Ambos se habían llevado bien desde el inicio. Era, como si se hubieran relacionado antes, como si hubieran compartido ya sus gustos y aficiones, que ahora estaban tan familiarizados uno con el otro. Pasaron siglos y milenios, y para ellos era como si hubieran pasado simples días o años. Era una… hermosa convivencia.
Shiroka continuó su afición de ayudar a la humanidad, caso destacable el de Celrahir. Un humano que fue llevado al borde de la muerte por quienes creyó sus amigos. Para disgusto de Shiken Dōji, Shiroka cuidó de Celrahir hasta que pudo sobrevivir definitivamente.
El tiempo pasó, y pasó… y pasó…
Nació Worldend, el mundo que Shiroka creó junto con Shiken Dōji, para poder habitar en paz sin que otras personas como Sokoria, la reina del infierno, les molestara. Ya que todos aclamaban la presencia de Shiken Dōji en varios sitios, Worldend era su sitio de escape. Allí, vivirían mucho tiempo, y la humanidad poco a poco fue naciendo como obra de Shiroka.
Sin embargo, la vida de un Astrea como Shiroka no era enferma. Su especie no envejecía, pero sí que se agotaba. Un día, simplemente, ya no fue a visitar más a Shiken Dōji, ni a Celrahir, ni a Hyouya, ni a nadie. Era como si hubiera desaparecido. Las pocas veces que lo veían, se notaba cansado. Con ojeras en su cara, más pálido de lo que era, débil, apenas y caminaba. Shiken Dōji fue el primero en notar tales signos. Y, sin embargo, nunca dijo nada, hasta que un día, definitivamente, ya no apareció más.
Los humanos que adoraban a Shiroka como si fuera una deidad, la deidad de la tierra y la protección, se preguntaban por su dios, que no aparecía más para ayudar a la gente. Se preguntaban por su bienestar, querían saber que había sido de él. Shiroka sabía que había preocupado a su gente, pero, también era consciente que su vida se estaba agotando, porque, al final de cuentas, no era la deidad que ellos creían que era. Su vida, aunque larga, también se agotaba como la de ellos, y, finalmente, su hora había llegado.
Frente a él, apareció Shiken Dōji. Mirándole con un semblante serio, su mirada era tan penetrante como cargada de rabia acumulada. Sin embargo, no decía nada, y simplemente estaba parado frente a Shiroka, que estaba en el suelo, recargado en un pilar de su templo, en el punto más alto de su montaña preferida, en su pueblo preferido.
Él notó la mirada de disgusto de Shiken Dōji.

—Shiken Dōji-sama… —mencionó Shiroka—. Que grata sorpresa… verte por aquí.

—¿Por qué? —preguntó él—. ¿Por qué no dejas este lugar?

Shiroka no dijo nada y solo agachó la mirada.

—Si vienes conmigo, podría salvarte —comentó Shiken Dōji en forma de protesta—. El agua de mi mundo, el Campo Estelar… quizá podría salvarte.

—¿Cuánto tiempo debería estar ahí? —cuestionó Shiroka.

—Lo necesario.

—¿Qué me pides a cambio?

—Que dejes de tontear con la humanidad —dijo secamente.

Sin embargo, Shiroka no contestó y su mirada permaneció perdida en el suelo. Shiken Dōji lo comprendió. No iba a dejar a la humanidad tan fácil, y sin embargo… incluso si se estaba muriendo….
Shiken Dōji apretó sus puños fuertemente, sus dientes tanto que rechinaron. Entonces, simplemente lo dejó salir.

—¡No comprendo! ¡Realmente no te comprendo! —reclamó—. ¡¿Por qué a pesar de que los humanos han consumido tanto de tu magia, que te han dejado en este estado, sigues cuidándolos?! ¡¿Por qué incluso si estás muriendo, sigues cuidándolos?! ¡Corre, sálvate, abandónalos para salvarte, ellos lo harían! Pero tú no… tu no lo haces. ¡¿Por qué rayos no lo haces?!

—Porque… —Shiroka jadeó al hablar—. Ellos merecen ser protegidos… como todos.

Shiken Dōji gruñó:

—¡Muy bien, entonces quédate y sigue protegiéndolos! —reclamó, al momento de retroceder—. ¡Muérete, si eso es lo que tanto quieres!

Y desapareció sin más. Como polvo al viento.
Shiroka alzó la mirada, al lugar donde Shiken Dōji se supone que estaría. Pero estaba vacío, no había nadie más.
¿Por qué quería tanto a los humanos?
Ni siquiera él se lo explicaba. Sus vidas, sus familias, su manera de vivir, sus culturas, todo en ellos le fascinaba, le hacía querer protegerlos de todo.
Sin embargo, ahora, le dolía. ¿Le dolía saber que moriría? ¿Qué dejaría a sus hijos, la humanidad, desprotegida? … ¿O le dolía el hecho de que Shiken Dōji se hubiera ido?
Shiroka, simplemente esbozó una débil sonrisa, y, a la nada, simplemente comentó:

—Siempre has sido alguien muy enojón… Enmei…

Shiken Dōji… era el nombre que se puso Enmei Senjū al momento de salir del mar aquella vez. Salvado por los pergaminos de Shiroka, nunca dijo su verdadero nombre. Pero, Shiroka lo reconoció al instante… pues Shiken Dōji llevaba los mismos pendientes de media luna que le regaló a Enmei en aquellos momentos lejanos.
Enmei los recordaba, esos momentos. Al quitarse sus pendientes y mirarlos, bajo la luz de las estrellas del campo estelar, esos recuerdos venían uno a uno. Simplemente, apretó su agarre de los pendientes y miró el cielo estrellado. ¿Había sido demasiado cruel con él? Shiroka siempre ha sido alguien que piensa más en los demás que en él mismo… No sabía ni siquiera porque había puesto tal condición innecesaria. ¿Era que Enmei detestaba tanto la humanidad que simplemente quería que Shiroka la dejara a su suerte? ¿O era que Enmei sentía celos que Shiroka la cuidara tanto como si fueran sus hijos?
Fuere lo que fuere, él decidió que había sido demasiado duro con sus palabras. Tenía que disculparse.
Instantáneamente volvió.

—Shiroka… yo… discúlpame. No debí haberte hablado así y—

Shiroka no se movió ni un momento. Enmei entró en pánico.

—¡¿Shiroka?! —y se acercó a él, arrodillándose frente y tomándolo de los hombros—. ¡¡Shiroka!!

Pero simplemente, no respondió. Nunca más… volvió a responder.

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Re: El Principio y el Fin

Mensaje por Kanon Oda el Vie Sep 28, 2018 2:38 pm

Waaaaaa  TToTT mierda como pudiste hacerme llorar asi .... shiroka siempre lo supo en cuanto lo vio que era Enmei pero prefirio no decir nada a un asi que hermosa historia y ese Enmei es un celoso que lo diga el sentia celos de que shiroka cuidara a los humanos y a el lo descuido perp a un asi era ampr del bueno porque tuvo que morir shiroka porque dejo solito a enmei? ..waaa decir que me encanto queda corto.. es un maravilloso trabajo!

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